viernes, 18 de marzo de 2011

Texto de muestra: narrativa 3 (fragmentos de cuento)

La promesa (fragmentos)


Se subieron a un tranvía y media hora después se encontraban caminando por una empinada calle llena de árboles, con casas grandes y grises. La tarde estaba llegando a su fin, aunque todavía había bastante luz. Las sombras amenazadoras de los árboles perseguían al trío, y de tanto en tanto algún perro alertaba de su presencia. Se detuvieron frente al portón de una enorme casona triste. Ezequiel lo abrió y se dirigió a la entrada, seguido por sus hijos.  Subió los escalones y dejó la maleta frente a la puerta. Bajó, y sacó del interior de su chaqueta un abultado sobre de cuero que entregó a su hijo.

-  Quiero que cuando entren le des este dinero a tu abuela.
- ¿A mi abuela? ¿Vamos a conocer a la abuela?

Ezequiel lo miró fijo, sin contestar. Irene, con una sonrisa,  le preguntó:

- Tata, ¿es verdad que vamos a conocer a la abuela?
- Irene, quiero que le hagas caso a la abuela y a tu hermano.
- Sí, Tata.
- Irene, tu hermano siempre va a cuidarte, ¿entendiste?
- Sí, Tata.
- Ariel, hijo, tú también debes hacer caso a tu abuela.
- Sí, Tata.
- Y debes prometerme que pase lo que pase siempre cuidarás a tu hermana.
- Sí, Tata.
- Siempre. Pase lo que pase. Quiero tu promesa.
- Lo prometo, Tata.

Ezequiel abrazó al mismo tiempo a sus dos hijos, subió rápidamente los escalones, tocó la campana y se fue, sin mirar atrás, cerrando tras de sí el portón y despareciendo de la vista de Ariel e Irene. Gruesos lagrimones surcaron el rostro de la niña, mientras sollozaba prendida de la mano de su hermano. Éste miraba el portón fijamente, paralizado por el desconcierto y el temor.

Instantes después se abrió la puerta de la casona. Una mujer con el cabello blanco apareció en la puerta. Se acomodó los lentes para mirarlos mejor. Alta y delgada, llevaba un adusto vestido negro, con una gran cruz de plata colgándole en el pecho.

- ¡Etelvina! Entra la maleta y llévala al cuarto de huéspedes. Ustedes dos, suban y entren a la casa. No quiero que se metan bichos por tener tanto tiempo la puerta abierta.

Ariel e Irene obedecieron sin protestar. Subieron los escalones de a uno, sin prisa, tomándose de las manos muy fuerte. Entraron a la casa no sin antes mirar hacia el portón, para ver si su padre volvía a rescatarlos. Luego entraron, bajo el escrutinio severo  de su abuela.
(….)

Antes de volver a su casa en la lancha, Ezequiel pasó por la casa del gallego Gutiérrez, principal comerciante del pueblo y que a su vez ejercía ocasionalmente como Juez de Paz. Lo encontró desayunando con su nueva mujer y todos sus hijos.

- Buenas, Don Gutiérrez.
- Don Ezequiel, ya me preguntaba  cuándo lo iba a ver de nuevo.
- Volví hoy, como le había prometido. Y mañana ya puede ir usted a la isla y quedarse con todo. Como acordamos.
- Será mañana pues.
- Adiós.

Ezequiel cruzó el río con la lancha. Llegó a su casa e inspeccionó cada rincón. Luego, se armó un cigarro, tomó un vaso y la botella que trajo de la ciudad, y se sentó en el comedor a escribir una carta.

A la mañana siguiente, cuando el gallego Gutiérrez llegó con sus peones, encontró la carta y la leyó. Después ordenó que sacaran el cuerpo inerte de Ezequiel del catre donde yacía y lo enterraran en el acantilado, al lado de su mujer Antonia. “¡Qué cosa bárbara!”, pensó Gutiérrez, “los dos eligieron el mismo camino. ¡Pobres criaturas!”.


(…)

Con su uniforme lustroso y planchado, Ariel Mendívil volvía a casa en tren. Su abuela le había escrito al Instituto Militar donde había pasado los últimos diez años de su vida, cursando sus estudios y preparándose para la carrera militar. Doña Otilia, anciana y de salud frágil, necesitaba su ayuda para convencer a Irene.

La empinada calle llena de árboles lo condujo a la casa de su abuela, donde él y su hermana Irene habían pasado gran parte de su infancia. Cuando sonó la campana de la puerta apareció Etelvina, la criada, quien lo recibió con un abrazo.

- Pase, m’hijito, pase. Doña Otilia está en el salón. Deje su morral aquí mismito que yo se lo llevo a su habitación.

Ariel recorrió el corredor que conducía a la sala. Todo estaba igual, hasta Etelvina, aunque con el cabello más gris. La enorme sala atiborrada tenía corridas las pesadas cortinas de terciopelo, manteniendo alejado a fuerza de sombra al incipiente calor veraniego.

- Ya llegué, abuela.
- Ariel, siéntate cerca, donde pueda verte. ¿Estás comiendo bien?
- Sí, abuela, gracias. Yo estoy muy bien.
- Igual ahora Etelvina trae el té, así podrás comer algo.

Mientras la criada servía el té en una pequeña mesa situada entre abuela y nieto, todos permanecían en silencio. Doña Otilia escudriñaba el rostro del joven, tratando de percibir de antemano si podía contar con él o no.

- Ariel, tienes que ayudarme a convencer a tu hermana.
- ¿Cuándo llega Irene?
- Hoy hablé con las monjas. Los cursos terminan mañana, así que ella llegará en dos días.
- ¿Y quién es el afortunado?
- Don Rufino Peláez.
- ¡Pero si es un viejo!
- Es un hombre maduro, no un viejo. Hay una gran diferencia.
- Le lleva más de treinta años, abuela...
- Treinta y cuatro, para ser exactos.
-  Y además tiene hijos casi de la edad de Irene...
-  Dos son mayores y uno es menor.
-  Pero abuela...
- Nada de peros, Ariel, la situación está planteada así. Don Rufino vino a pedirme la mano de Irene. Ella está por cumplir los dieciocho y ya ha terminado el colegio.
- Pero…
-  Yo estoy vieja, Ariel, no me queda mucho tiempo. Quiero dejarla casada para cuando yo ya no esté.
-  Yo puedo cuidar a Irene.
-  Tú tienes una carrera de la que ocuparte. Y además debes pensar en formar tu propia familia. Pero tú estarás bien, es Irene la que me preocupa... es tan rebelde... quiero asegurarme de que quede encaminada en su vida.
-  Es que…
-  Ariel, Don Rufino es un hombre de buena posición, tiene futuro en la política, probablemente sea senador en un futuro cercano. Pero para eso tiene que estar casado. Con ser viudo no le alcanza. Y pensó en Irene. ¡Esta mocosa debería sentirse honrada!
-  ¿Irene qué dice?
-  Que le gustaría ser maestra... ¡un disparate!
-  ¿Y de Don Rufino qué dice?
-  Que no le gusta. Que no lo conoce. Que no quiere casarse con él. ¡Niñerías!

Ariel bebió un poco de té, dándose unos minutos porque necesitaba reflexionar. Comprendía a su hermana, pero no sabía cómo plantearle a su abuela que quizás ese casamiento no fuera una buena idea.

-  Ariel, tienes que convencerla.
-  Pero es tan joven para casarse, quizás fuera mejor esperar un tiempo...
-  ¿Ah, sí? ¿Y de qué viviría la señorita mientras tanto? Porque yo no pienso dejarle un céntimo para que viva una soltería libertina y descontrolada. Ariel, ¡no me obligues a llegar al extremo de desheredarla!
-  Pero mi padre nos dejó dinero, yo lo recuerdo. Yo mismo le entregué a usted un sobre de cuero lleno de billetes el día que llegamos.
- ¡Dinero, tu padre! Por favor, esos míseros billetes no duraron ni un año... ¡ustedes nunca pensaron en todo lo que yo gasté en criarlos, en educarlos, en darles un hogar!
-  Sí, abuela, y siempre le estaremos muy agradecidos.
-  ¡Pues no lo parece! Yo no tenía ninguna obligación de recibirlos en mi casa, por más que fueran los hijos de Antonia, mi única hija. Pero después de lo que me hizo... ninguna obligación tenía, ¡ninguna!
-  Lo sé, abuela.
-  Y sin embargo nunca les faltó nada, ¡nada!
-  Lo sé, abuela. No se agite. Le va a hacer mal.

Doña Otilia terminó su taza de té, que ya estaba tibia, y luego se cruzó de brazos, con los ojos fijos en Ariel.

Ariel sopesaba la situación. Él y su hermana tenían una deuda innegable e impagable con su abuela. Por otra parte, Irene tenía derecho a no casarse obligada. Pero si no lo hacía, Doña Otilia la desheredaría. Él aún no había terminado sus estudios, y cuando lo hiciera, pasarían muchos años antes de que tuviera un sueldo como para mantener a su hermana como ella merecía. Además, Don Rufino era una persona muy influyente, y si Irene no se casaba con él, nadie querría darle trabajo. La joven tendría que dejar la ciudad, y su destino sería incierto.

La promesa que le había hecho a su padre años atrás cobraba ahora una nueva significación. Le faltaba el aire y tenía la garganta anudada por un grito que pujaba por salir. Ariel se dio cuenta de que cuidar a su hermana significaba, muy a pesar suyo, convencerla de que se casara con Don Rufino Peláez. Sintió que el pecho se le partía en dos de dolor y tristeza.

-  Está bien, abuela, yo hablaré con mi hermana. Pierda cuidado, ella se va a casar con Don Rufino.
-  Así se habla.  Y también será beneficioso para ti, Ariel, porque tener un cuñado senador siempre es bueno para la carrera de un militar joven y brillante como tú.

(…)

jueves, 17 de marzo de 2011

Texto de muestra: narrativa 2 (cuento breve)

Cena familiar

-     Hola querida, qué suerte que llegué a tiempo para la cena… hola hijos… qué bien huele… Hoy ha sido un día tan extraño en la oficina… Resulta que cuando llegué de mañana encontré  las cosas cambiadas en mi escritorio, no sé, como diferentes… Me pongo a trabajar y de pronto le pregunto al cadete si arreglaron la fotocopiadora, y se me mata de risa en la cara, ¿podés creer?, y me dice que nunca hubo fotocopiadora en la oficina. El muy tarado, como si yo mismo no hubiera hecho miles de veces fotocopias ahí… Y después le pregunto al del despacho de al lado, uno flaco, nuevito, te decía que le pregunté si no vio al gerente, a Martínez, porque lo estaba llamando y no me contestaba. Claro, el nuevo no tenía ni idea de que el gerente se llamaba Martínez, porque me dijo que no lo conocía. Qué rico está todo, ¿podrías darme un poco más de puré por favor? Bueno, la cuestión es que sigo trabajando, se ve que Martínez se había tomado el día libre, ya lo veré cuando vuelva. Le quería decir que los informes estaban todos mal hechos, una rabia, no tomaron en cuenta ni uno de los datos que les pasé en las últimas semanas. M’hijita, no mastiques con la boca abierta… Cuando salgo, algún gracioso había cambiado mi auto de lugar, y no sabés lo que tardé en encontrarlo… Seba, no juegues con la comida hijo, que es pecado… Pero ya está, ya pasó, mañana será otro día, ahora estoy acá cenando con ustedes, que son lo mejor que tengo en el mundo… Estaba delicioso,  mi amor… Andá sirviendo el postre nomás, que yo voy un segundito al baño…
-          Mamá, ¿quién es este señor?
-          Andrés, Emilia… levántense sin hacer ruido y vayan hacia la puerta de calle. Yo ya voy.

Texto de muestra: académico 2

La “Belle Époque” en Uruguay

Montevideo quería ser ciudad, harta ya de oírse definir como aldea y ni siquiera grande. Montevideo quería ser mujer – bella y opulenta como correspondía al modelo de ese tiempo – hastiada de una sociedad de militares, tenderos y artesanos. No más el bastión militar, ni el mercado de Carretas, ella quería ser un delicado producto artificial, propicio a los paraísos afines. Montevideo quería ser francesa rica, suntuosa, disoluta, sabia, “misteriosa y erudita”, al decir de Rubén Darío.

Ya tenía historia y hasta cronistas del masculino Montevideo antiguo: Isidoro de María y Antonio Pereira. Despuntaban sus pintores, sus fotógrafos, sus cronistas  contemporáneos, y para todos ellos se acicalaba y posaba, ensayando un nuevo personaje. Ni la crisis de 1890 ni la revolución de 1897 habían disminuido la afluencia de riquezas que la exportación de lanas, cueros y carne le proporcionaban.

El nuevo siglo se aproximaba lleno de promesas. Para ella, como para Londres y París, había llegado el tiempo de una – provinciana – “belle époque”. Sobre la opulencia burguesa de la nueva clase de comerciantes adoptaría el aire de esa clorótica e histérica criatura enferma de fin de siglo.

En su aspecto artístico y literario coincide con el período de incorporación y vital creatividad del modernismo, desde 1896 hasta 1911, en que la aristocratizante tendencia de la estética y el pensamiento será drásticamente retaceado por la política beligerante que desarrollará desde el poder Batlle y Ordóñez, imponiendo un populismo efusivo. En Montevideo la “belle époque” se preanuncia con el dandismo intelectual del círculo de Julio Herrera y Obes, cuyo ascenso a la presidencia clausura la época militarista y establece un modelo elegante y culto, que no supo enfrentar la catástrofe económica de 1890, por cuanto parecía hecho para ornar tiempos apacibles y de fácil holgura.

Los últimos años de la década de 1880 habían señalado el apogeo de una repentina buena sociedad instalada en la ciudad. Mientras Emilio Reus y Francisco Piria extendían la capital con barrios para inmigrantes y artesanos, bien distanciados del círculo privilegiado donde se codeaban las buenas familias, éstas aspiraban a comodidades que no habían conocido sus antepasados. Montevideo seguía siendo una pequeña aldea, pero dentro de ella se iniciaba el ascenso fulgurante de lo comerciantes e industriales que desplazarían o absorberían al antiguo patriciado por medio de matrimonios cruzados. Cambiarían los modos de vida. La sencillez, la sobriedad, la modestia familiar y la devoción religiosa, algunos de los valores heredados, fueron reemplazados. No sólo había que tener riqueza, también había que demostrarla.

lunes, 14 de marzo de 2011

Texto de muestra: administrativo

A continuación les presento un resumen de un informe de evolución de un proyecto realizado en un centro educativo.

Proyecto “Cruzando el puente”


PRIMER INFORME



Durante esta primera etapa se trabajó sobre los datos brindados por el “Censo Nacional de Aprendizajes – 3er. año del Ciclo Básico – ”. Se procedió a efectuar un nuevo cuestionario, extractando del original aquellas preguntas sobre las cuales se deseaba tener una información actualizada. A su vez se incorporaron nuevas preguntas que se consideraron necesarias para enfocar mejor el encuadre del trabajo.

A su vez se realizó un nuevo cuestionario para los padres, tomando también en esta ocasión preguntas del censo original e incorporando algunas nuevas. Luego, se comenzó el relevamiento de los datos, en coordinación con los profesores de Tercer Año.

En esta etapa, la cual aún no ha finalizado, se encontraron varias dificultades, esencialmente de carácter logístico (dificultades para fotocopiar los cuestionarios) y de coordinación de los tiempos liceales para la realización de  la encuesta. A su vez, se obtuvo una escasa respuesta por parte de los padres, por lo cual se piensa ajustar este ítem de forma de conseguir la información de una manera más eficiente.

Texto de muestra: manual informático

Durante muchos años trabajé como docente de Informática, con un universo de alumnos que iba desde adolescentes, desempleados buscando reconvertirse laboralmente, a personas con diferentes discapacidades (motrices, auditivas, etc.). Pero mi verdadera especialidad fue la enseñanza a adultos mayores, la "gerontoinformática" como solía decir en broma mi madre. Enseñar a adultos con edades que oscilaban entre los 65 y los 80 años fue un auténtico desafío que me deleitó durante años, ya que aprendí mucho más yo de su fuerza de voluntad y su desprejuiciada osadía al enfrentarse a una tecnología tan diferente a todo lo que habían conocido hasta ese momento.

Con estos alumnos en particular, tuve que afinar al máximo mi capacidad de comunicación. Por esta razón, me dedicaba a escribirles pequeños manuales con instrucciones que no daban nada por sentado o sabido. Estos manuales se los entregaba al comenzar cada clase, aunque muchas veces los escribía sobre la marcha, para que se los llevaran a sus hogares y los tuvieran a mano para realizar los ejercicios.

A continuación les mostraré un ejemplo de esos manuales que realizaba para mis "gerontoalumnos". Notarán que en estos apuntes me estoy refiriendo a una versión de Word bastante antigua. Es cierto. Si alguien está interesado en una versión más actualizada, no dude en comunicarse conmigo.  :)

PARA  ABRIR UN DOCUMENTO

Para abrir un documento que ya hice y lo quiero retomar, aprieto el segundo botón, ABRIR, (dibujo = carpeta amarilla que se abre).

Aparece una ventana. En el recuadro grande que aparece en la parte del medio, está la lista de documentos ya hechos. Busco en esa lista el documento que necesito. Si no está a la vista, debo apretar la flecha ubicada en el costado derecho del recuadro con el listado. Eso hará que el listado se deslice hacia abajo, mostrando el resto de los documentos.

Una vez ubicado el documento, le doy un clic encima, hasta que quede resaltado en azul. Luego doy un clic en donde dice ABRIR (extremo superior derecho de la ventana de ABRIR).

Si en ese listado no está el documento que estoy buscando, probablemente esté en otro directorio. Debo ir donde dice: Buscar en, que indica la carpeta en que están siendo buscados los documentos.  Doy un clic en el triángulo con el vértice hacia abajo que se encuentra en el costado derecho de esa pequeña ventana, y al apretarlo se despliega una ventana con todos los directorios disponibles en la máquina, incluyendo los discos (C: es el disco duro, A: es el diskette). Debo dar un clic en el directorio que deseo, y ello hará que se despliegue una lista diferente a la anterior en el recuadro del medio.

Para evitar tener problemas cuando se busca un documento ya hecho, es muy útil poner nombres que ayuden a identificarlos y ser muy ordenados al momento de guardarlos siempre en el mismo directorio. Facilita mucho la tarea al momento de abrir un documento.

PARA GUARDAR UN DOCUMENTO

Apenas empiezo a trabajar un nuevo documento, debo guardarlo enseguida. Esto impedirá que ante cualquier tipo de accidente que se pueda producir (baja tensión, apagón, caída de mate en el teclado, etc.) se pierda el documento que estoy escribiendo. Es un tema de disciplina: apenas empiezo a trabajar un nuevo documento, DEBO GUARDARLO.

Para eso, aprieto el tercer botón (dibujo = forma de diskette).

Si es la primera vez que guardo el documento (o sea, que el documento no tiene un nombre asignado), va a aparecer una ventana. Donde dice: Guardar en: debo especificar la carpeta (por ejemplo: Mis documentos), o la unidad de disco (disco duro C:, o diskette A:) en que deseo guardar mi documento. IMPORTANTE: mantener un orden y un criterio al momento de guardar los documentos es vital para una buena y eficiente utilización de la computadora.

Una vez especificada la unidad de disco o la carpeta, me ubico en la parte inferior de la ventana, donde dice Nombre de archivo. Allí siempre va a aparecer un nombre sugerido por el programa, que corresponde a la primera frase (hasta la primera coma o punto) que se haya escrito en el documento a guardar. Si acepto el nombre sugerido por el programa, doy directamente clic en GUARDAR.

Si no acepto el nombre, y ya está resaltado en azul, directamente escribo el nombre que deseo. Si no está resaltado en azul, le paso el cursor del mouse (con el botón izquierdo apretado) hasta que el nombre sugerido quede resaltado en azul. Después, suelto el botón del mouse, y escribo el nombre que deseo. IMPORTANTE: LOS NOMBRES DEBEN SER LO SUFICIENTEMENTE CLAROS COMO PARA FACILITAR LA UBICACIÓN POSTERIOR DEL DOCUMENTO. Por ejemplo, en lugar de poner Julián1, es mejor poner Estado de cuchas de Julián.

F RECORDAR: UN NOMBRE CLARO Y CORTO FACILITA LA POSTERIOR UBICACIÓN DEL DOCUMENTO. TAMBIÉN ES IMPORTANTE TENER UN ORDEN DEFINIDO AL MOMENTO DE ARCHIVAR LOS DOCUMENTOS.

Aunque el programa guarda automáticamente cada tantos minutos el documento, es necesario hacerlo uno también. Doy un clic al botón de Guardar y no aparece más la ventana, simplemente lo guarda. No hay que confiarse nunca en el Autoguardado.


Texto de muestra: académico

El disciplinamiento cultural en el Uruguay
El Uruguay salvaje y el Uruguay disciplinado.


II. La escuela Vareliana


Veamos brevemente algunas características de uno de los principales agentes disciplinadores de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX: la escuela pública después de la reforma vareliana. No estudiaremos el fenómeno dentro de toda su dimensión, sino que sólo esbozaremos algunas de sus principales características para ubicarlo cronológicamente

A partir de 1870 el país mantuvo un firme  retroceso del analfabetismo, con características de una verdadera revolución cultural, ya que entre 1870 y 1900  el país disminuyó a la mitad su tasa de analfabetismo. La alfabetización tuvo principalmente un carácter urbano, ya que la concentración de habitantes facilitaba la concurrencia escolar y a la vez el ámbito urbano exigía más la cultura escrita que el rural. Observada la distribución departamental de analfabetos, los coeficientes elevados aparecen ligados a la ganadería extensiva, que llevaba a la dispersión de la población; a la cultura cerealera y pobre de Canelones, con niños trabajadores que no iban a la escuela; y al elevado porcentaje de población rural en algunos departamentos, con viviendas muy alejadas entre sí, con dificultades ciertas de establecer una escuela equidistante y en lugar correcto.

Desde la extensión de la educación primaria, surge una nueva cultura a partir de los valores que ésta impartía, fuertemente influenciados por el racionalismo. Esta nueva cultura estaba fundada en lo escrito más que en lo hablado, y establecía como sinónimos "impreso" y "verdad", teniendo una visión cientificista de la vida.

Pero el crecimiento de la educación primaria no fue sólo de carácter cuantitativo, sino que la calidad de la enseñanza se incrementó notoriamente. No sólo se impusieron los cambios impulsados por Varela, que pregonaban una enseñanza respetuosa  del niño y de la psicología infantil, sino que también aumentó el número de maestros profesionales y diplomados.

Si bien durante este período el desarrollo más espectacular fue el de la enseñanza primaria, también crecieron en forma muy importante la enseñanza secundaria, el nivel terciario, y la educación primaria para adultos. Esta última forma un capítulo más de la difusión de esa cultura intelectual, racionalista y escrita. Los protagonistas ya no son los niños, sino adultos, en su mayor parte trabajadores, cuyo elevado porcentaje se había puesto de manifiesto en los censos de 1900 y 1908. Es sintomático que para los dirigentes de la época, analfabetismo e incultura fueran sinónimos. Da prueba de la concepción intelectual y literaria que éstos tenían de la cultura y su identificación con lo impreso, los libros específicamente.

El crecimiento de concurrentes a la enseñanza primaria para adultos evidencia un auténtico deseo de ascenso social a través de un mejor empleo, que sólo la instrucción elemental completa podía proporcionar.

Citamos textualmente a Barrán y Nahum, que en su libro “El Uruguay del Novecientos”* mencionan las primeras consecuencias culturales de la expansión de la enseñanza pública: “La escuela pública, aunque con planes diferenciados para el sector urbano y rural, uniformizó al país, eliminando los abismos culturales más brutales que separaban al Interior de la Capital, y como lo hizo implantando valores urbanos y europeos, puede afirmarse que contribuyó a la urbanización ‘mental’ de toda la nación. Españolizó el habla portuguesa vigente en los departamentos fronterizos, contribuyendo a la unidad política. Limó en parte las diferencias entre las clases sociales con su ‘educación común’, de la que la generación de maestros varelianos hizo un culto y un dogma constituyéndose en abanderada del igualitarismo democrático. Generalizó un determinado nivel de conocimientos básicos para la nueva estructura económica, social y política que se estaba gestando. También esa escuela semilaica que habían creado en 1877 el Gobernador Latorre  y José Pedro Varela y que se laicizó definitivamente en 1909, contribuyó a fomentar el indiferentismo hacia la religión, una de las bases ideológicas del batllismo; con su instrucción intelectualista y racional sustituyó en parte a la vieja cultura tradicionalista que explicaba el mundo un tanto mágicamente. Y, por fin, creó una base para la cultura popular o de masas, que cimentó la posibilidad de que surgieran, desde los partidos políticos de fundamento mayoritario a la prensa - que ahora podía ser leída - dirigida al gran número”.

De esta forma vemos cómo la enseñanza primaria se constituyó, quizás de manera contradictoria, en un elemento revolucionario a la vez que  uniformizante, que abría nuevos horizontes y que unificaba. Pero, si la enseñanza primaria fue un elemento privilegiado en la lucha de la civilización contra la barbarie, ¿hacia dónde apuntaban sus principales argumentos? Estudiaremos brevemente las principales líneas de la civilización que se trasmitían a través de la enseñanza primaria y pública.

* José Pedro Barrán, Benjamín Nahum: “Batlle, los estancieros y el Imperio Británico”. Tomo I. ‘El Uruguay del Novecientos’. Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1979, 278 pp.

Texto de muestra: narrativa (cuento breve)


El Paraíso de Eva


¿Cómo se habrá despertado? ¿Cómo se inició? Nadie lo sabe, porque parecía una lluviosa tarde como todas. Aburrida y rutinaria. Cada uno de los treinta empleados de “Paradise Comunicaciones Ltda.” estaba aislado en su cubículo de trabajo, separado por mamparas enmoquetadas de madera compensada, concentrados en sus monitores, fagocitados por sus teléfonos. Una tarde más. Lluviosa afuera. Aburrida adentro.

Eva se estiró, masajeándose sus adoloridas cervicales. Quizás fue allí. Hubo miradas que se cruzaron, leves movimientos de labios, sonidos imperceptibles. Eva volvió su mirada a su monitor, pero ya no era lo mismo. Cerró los ojos por un momento, tratando de concentrarse. Pero no hubo caso. Respiró hondo, porque se dio cuenta de que un pequeño e intolerablemente inconveniente jadeo se había instalado en su pecho, ahí, en el medio, detrás de su costoso corpiño de encaje, que ponía a prueba su elasticidad. Perturbador jadeo que se atrevía a salir de sus entreabiertos labios, escapándose de entre sus dientes rechinantes y su lengua, ansiosa de sumarse a esta repentina rebeldía. Respiró hondo varias veces. Eva miró su teclado como si las teclas le fueran a descifrar el misterio. No se atrevía a levantar la vista nuevamente. Tomó agua. Quizás así pasaría. Pero el agua se convirtió en insospechado cómplice, deslizándose por su garganta e inundando su pecho hacia confines desconocidos.
Eva tenía dificultades para controlarse. Sus manos fueron sumisamente hacia su boca entreabierta y la lengua pasó revista a sus trémulas yemas. Asustada de lo incontrolable de su reacción, Eva dirigió sus manos hacia sus rodillas. La lengua, irritada por el abandono, inspeccionó los labios, muy lentamente, primero el superior para seguir luego con el inferior, para pegarse decepcionada contra el paladar.

Dejó de luchar contra su impulso. “No puedo más”. Se levantó temblorosa y salió de su cubículo. Adán, Sub Director de Personal, la siguió con la mirada y comenzó a caminar hacia la puerta verde manzana. Eva se deslizó en dirección a los baños. Un solo mordisco. “¡Hummmm siiiiiiiii!”, dijo suspirando Eva, mientras el chocolate se derretía en su boca satisfecha.