La promesa (fragmentos)
Se subieron a un tranvía y media hora después se encontraban caminando por una empinada calle llena de árboles, con casas grandes y grises. La tarde estaba llegando a su fin, aunque todavía había bastante luz. Las sombras amenazadoras de los árboles perseguían al trío, y de tanto en tanto algún perro alertaba de su presencia. Se detuvieron frente al portón de una enorme casona triste. Ezequiel lo abrió y se dirigió a la entrada, seguido por sus hijos. Subió los escalones y dejó la maleta frente a la puerta. Bajó, y sacó del interior de su chaqueta un abultado sobre de cuero que entregó a su hijo.
- Quiero que cuando entren le des este dinero a tu abuela.
- ¿A mi abuela? ¿Vamos a conocer a la abuela?
Ezequiel lo miró fijo, sin contestar. Irene, con una sonrisa, le preguntó:
- Tata, ¿es verdad que vamos a conocer a la abuela?
- Irene, quiero que le hagas caso a la abuela y a tu hermano.
- Sí, Tata.
- Irene, tu hermano siempre va a cuidarte, ¿entendiste?
- Sí, Tata.
- Ariel, hijo, tú también debes hacer caso a tu abuela.
- Sí, Tata.
- Y debes prometerme que pase lo que pase siempre cuidarás a tu hermana.
- Sí, Tata.
- Siempre. Pase lo que pase. Quiero tu promesa.
- Lo prometo, Tata.
Ezequiel abrazó al mismo tiempo a sus dos hijos, subió rápidamente los escalones, tocó la campana y se fue, sin mirar atrás, cerrando tras de sí el portón y despareciendo de la vista de Ariel e Irene. Gruesos lagrimones surcaron el rostro de la niña, mientras sollozaba prendida de la mano de su hermano. Éste miraba el portón fijamente, paralizado por el desconcierto y el temor.
Instantes después se abrió la puerta de la casona. Una mujer con el cabello blanco apareció en la puerta. Se acomodó los lentes para mirarlos mejor. Alta y delgada, llevaba un adusto vestido negro, con una gran cruz de plata colgándole en el pecho.
- ¡Etelvina! Entra la maleta y llévala al cuarto de huéspedes. Ustedes dos, suban y entren a la casa. No quiero que se metan bichos por tener tanto tiempo la puerta abierta.
Ariel e Irene obedecieron sin protestar. Subieron los escalones de a uno, sin prisa, tomándose de las manos muy fuerte. Entraron a la casa no sin antes mirar hacia el portón, para ver si su padre volvía a rescatarlos. Luego entraron, bajo el escrutinio severo de su abuela.
(….)Antes de volver a su casa en la lancha, Ezequiel pasó por la casa del gallego Gutiérrez, principal comerciante del pueblo y que a su vez ejercía ocasionalmente como Juez de Paz. Lo encontró desayunando con su nueva mujer y todos sus hijos.
- Buenas, Don Gutiérrez.
- Don Ezequiel, ya me preguntaba cuándo lo iba a ver de nuevo.
- Volví hoy, como le había prometido. Y mañana ya puede ir usted a la isla y quedarse con todo. Como acordamos.
- Será mañana pues.
- Adiós.
Ezequiel cruzó el río con la lancha. Llegó a su casa e inspeccionó cada rincón. Luego, se armó un cigarro, tomó un vaso y la botella que trajo de la ciudad, y se sentó en el comedor a escribir una carta.
A la mañana siguiente, cuando el gallego Gutiérrez llegó con sus peones, encontró la carta y la leyó. Después ordenó que sacaran el cuerpo inerte de Ezequiel del catre donde yacía y lo enterraran en el acantilado, al lado de su mujer Antonia. “¡Qué cosa bárbara!”, pensó Gutiérrez, “los dos eligieron el mismo camino. ¡Pobres criaturas!”.
(…)
Con su uniforme lustroso y planchado, Ariel Mendívil volvía a casa en tren. Su abuela le había escrito al Instituto Militar donde había pasado los últimos diez años de su vida, cursando sus estudios y preparándose para la carrera militar. Doña Otilia, anciana y de salud frágil, necesitaba su ayuda para convencer a Irene.
La empinada calle llena de árboles lo condujo a la casa de su abuela, donde él y su hermana Irene habían pasado gran parte de su infancia. Cuando sonó la campana de la puerta apareció Etelvina, la criada, quien lo recibió con un abrazo.
- Pase, m’hijito, pase. Doña Otilia está en el salón. Deje su morral aquí mismito que yo se lo llevo a su habitación.
Ariel recorrió el corredor que conducía a la sala. Todo estaba igual, hasta Etelvina, aunque con el cabello más gris. La enorme sala atiborrada tenía corridas las pesadas cortinas de terciopelo, manteniendo alejado a fuerza de sombra al incipiente calor veraniego.
- Ya llegué, abuela.
- Ariel, siéntate cerca, donde pueda verte. ¿Estás comiendo bien?
- Sí, abuela, gracias. Yo estoy muy bien.
- Igual ahora Etelvina trae el té, así podrás comer algo.
Mientras la criada servía el té en una pequeña mesa situada entre abuela y nieto, todos permanecían en silencio. Doña Otilia escudriñaba el rostro del joven, tratando de percibir de antemano si podía contar con él o no.
- Ariel, tienes que ayudarme a convencer a tu hermana.
- ¿Cuándo llega Irene?
- Hoy hablé con las monjas. Los cursos terminan mañana, así que ella llegará en dos días.
- ¿Y quién es el afortunado?
- Don Rufino Peláez.
- ¡Pero si es un viejo!
- Es un hombre maduro, no un viejo. Hay una gran diferencia.
- Le lleva más de treinta años, abuela...
- Treinta y cuatro, para ser exactos.
- Y además tiene hijos casi de la edad de Irene...
- Dos son mayores y uno es menor.
- Pero abuela...
- Nada de peros, Ariel, la situación está planteada así. Don Rufino vino a pedirme la mano de Irene. Ella está por cumplir los dieciocho y ya ha terminado el colegio.
- Pero…
- Yo estoy vieja, Ariel, no me queda mucho tiempo. Quiero dejarla casada para cuando yo ya no esté.
- Yo puedo cuidar a Irene.
- Tú tienes una carrera de la que ocuparte. Y además debes pensar en formar tu propia familia. Pero tú estarás bien, es Irene la que me preocupa... es tan rebelde... quiero asegurarme de que quede encaminada en su vida.
- Es que…
- Ariel, Don Rufino es un hombre de buena posición, tiene futuro en la política, probablemente sea senador en un futuro cercano. Pero para eso tiene que estar casado. Con ser viudo no le alcanza. Y pensó en Irene. ¡Esta mocosa debería sentirse honrada!
- ¿Irene qué dice?
- Que le gustaría ser maestra... ¡un disparate!
- ¿Y de Don Rufino qué dice?
- Que no le gusta. Que no lo conoce. Que no quiere casarse con él. ¡Niñerías!
Ariel bebió un poco de té, dándose unos minutos porque necesitaba reflexionar. Comprendía a su hermana, pero no sabía cómo plantearle a su abuela que quizás ese casamiento no fuera una buena idea.
- Ariel, tienes que convencerla.
- Pero es tan joven para casarse, quizás fuera mejor esperar un tiempo...
- ¿Ah, sí? ¿Y de qué viviría la señorita mientras tanto? Porque yo no pienso dejarle un céntimo para que viva una soltería libertina y descontrolada. Ariel, ¡no me obligues a llegar al extremo de desheredarla!
- Pero mi padre nos dejó dinero, yo lo recuerdo. Yo mismo le entregué a usted un sobre de cuero lleno de billetes el día que llegamos.
- ¡Dinero, tu padre! Por favor, esos míseros billetes no duraron ni un año... ¡ustedes nunca pensaron en todo lo que yo gasté en criarlos, en educarlos, en darles un hogar!
- Sí, abuela, y siempre le estaremos muy agradecidos.
- ¡Pues no lo parece! Yo no tenía ninguna obligación de recibirlos en mi casa, por más que fueran los hijos de Antonia, mi única hija. Pero después de lo que me hizo... ninguna obligación tenía, ¡ninguna!
- Lo sé, abuela.
- Y sin embargo nunca les faltó nada, ¡nada!
- Lo sé, abuela. No se agite. Le va a hacer mal.
Doña Otilia terminó su taza de té, que ya estaba tibia, y luego se cruzó de brazos, con los ojos fijos en Ariel.
Ariel sopesaba la situación. Él y su hermana tenían una deuda innegable e impagable con su abuela. Por otra parte, Irene tenía derecho a no casarse obligada. Pero si no lo hacía, Doña Otilia la desheredaría. Él aún no había terminado sus estudios, y cuando lo hiciera, pasarían muchos años antes de que tuviera un sueldo como para mantener a su hermana como ella merecía. Además, Don Rufino era una persona muy influyente, y si Irene no se casaba con él, nadie querría darle trabajo. La joven tendría que dejar la ciudad, y su destino sería incierto.
La promesa que le había hecho a su padre años atrás cobraba ahora una nueva significación. Le faltaba el aire y tenía la garganta anudada por un grito que pujaba por salir. Ariel se dio cuenta de que cuidar a su hermana significaba, muy a pesar suyo, convencerla de que se casara con Don Rufino Peláez. Sintió que el pecho se le partía en dos de dolor y tristeza.
- Está bien, abuela, yo hablaré con mi hermana. Pierda cuidado, ella se va a casar con Don Rufino.
- Así se habla. Y también será beneficioso para ti, Ariel, porque tener un cuñado senador siempre es bueno para la carrera de un militar joven y brillante como tú.
(…)
Me gustó mucho el cuento, está muy bien logrado. Aprovecho para felicitarte por la nueva iniciativa. Adelante Paula!!!
ResponderEliminar¡Gracias! Y eso que no conocés el final del cuento... No, el asesino no es el mayordomo!!
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